La concejal de Patrimonio, Olivia Duque, avanza que acaban de restaurar otra de las cruces que conforman los caminos de difuntos. Es la del primer vecino de Caleta de Famara. Se encuentra en La Villa, en las cercanías de la Ermita de San Rafael.
Los caminos de difuntos son veredas que partían desde todas las localidades de Lanzarote y terminaban en el cementerio de La Villa, único camposanto que existía en el pasado en la Isla, y por tanto lugar sagrado dónde tenían que ser trasladados todos los fallecidos obligatoriamente para poder descansar en paz siguiendo el rito católico, que era la práctica religiosa mayoritaria en el pasado.
La concejal explica que el Consistorio está restaurando poco a poco estos caminos porque son parte de la cultura conejera, son esenciales para entender el pasado de la Isla; piezas imprescindible para tener un mejor futuro, y además estos símbolos son utilizados como referencia por muchos senderistas.
En este caso se trata de la Cruz de Gregorio Tavio, la directora del Archivo Histórico de Teguise, María Dolores Rodríguez, y el asesor de Patrimonio municipal, Francisco Hernández, junto a los descendientes han recopilado los datos que implica este símbolo.
La historia que envuelve esta cruz, va en torno a la vida de Gregorio Tavio, natural de La Vegueta. Se casó con María Martín Ferrera natural de Soo y se trasladó a vivir a Caleta de Famara y construyen la que sería la primera casa del pueblo. La edificó al final de la playa Chica, al lado del actual restaurante ‘El Sol’. En La Caleta nacieron algunos de sus hijos: Florencia, Isidoro, Andrea, Juan, Feliciano, Marcial, Antonia y Pilar.
En la primera década del siglo XX, este hombre cuenta con 50 años, y cómo se encuentra enfermo, posiblemente del corazón según sus familiares, se traslada a La Villa para ir al médico. En el camino de difuntos, que no sólo se utilizaba para trasladar fallecidos, sino que era una vereda de comunicación, murió después de pasar la ermita de San Rafael, entrando ya en Teguise. La cruz está exactamente en el cortijo de la maestra Sofía Cancio, esposa de José Ramírez Vega (actualmente las tierras son de la Iglesia).
El equipo del Archivo recoge las palabras textuales de la familia, de su hija Antonia que narra “en el viaje a Teguise iba a ir acompañándolo mi hermano Feliciano, el mayor, pero mi padre deseó que fuese yo. También pidió que le pusiera un saquito con jable amarrado debajo de su asiento para poder contrapesarle la silla del camello. Después de pasar la ermita de San Rafael, me percate de que el cigarro que estaba fumando mi padre se le había caído de la boca y al hacérselo notar, intente buscárselo, y vi como falleció en ese momento. Corrí despavorida a buscar ayuda, baje el barranco que en aquella época tenía unos escalones y atravesó la tierra donde estaba una casa que pertenecía a Lola, (actualmente propiedad de un extranjero), y allí se le cayó del bolsillo el dinero que llevaban para el médico, atado dentro de un pañuelo”.
El padrón de habitantes de 1924, señala que María Martín Ferrera nació en 1867; viuda, Juan Tavio Martín, en 1889; Isidoro, en 1898; Juan, en 1889; Marcial, en 1901; Feliciano, en 1904; Antonia, en 1908; Pilar, en 1911. Andrea y Florencia.
Olivia Duque agradece la ayuda de los nietos Gregorio Martín Tavio, y Antonia Enriqueta Martín Tavio, porque gracias a ellos la historia se puede recordar de forma más precisa.
El emblema fue restaurado por el maestro ebanista Juan Agustín Padrón Pérez
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